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Mis amigas

Una tarde, estando sola en mi habitación, empecé a acariciar mis pechos, a pellizcar mis pezones por encima del ligero blusón que llevaba puesto y cada vez más excitada, bajé hasta mi rajita.

Estaba ya muy caliente y húmeda cuando ella, mi mejor amiga, entró. Al sorprenderme en tal situación, me sentí avergonzada pero no dije nada. Ella sólo sonrió y me pidió que continuara, que no me preocupase porque también lo hacía muchas veces.

Que ella me estuviese observando me excitó aún más, así que seguí acariciándome suavemente por encima de la braguita, con los ojos cerrados. Entonces me sugirió que me quitase la poca ropa que llevaba puesta y, sorprendida, la miré y vi que tenía la mano por debajo de su mini y también se frotaba. Yo me negué y le pregunté qué se proponía. Se acercó a mí y me susurró cálidamente al oído que se me veía muy linda. Me besó los labios, tocó mis tetas, luego el sexo y yo suspiré de placer.

En un momento reaccioné, ella era como una hermana y le pedí que parasemos. Pero continuó desnudándome toda. El coñito lo tenía hinchado y mojado como nunca, la calentura me estaba haciendo perder el control.

Nos tendimos en la cama y comenzó a acariciarme los senos, a jugar con ellos. Siguió bajando hasta mi sexo y separó los labios de mi vagina para besar mi sexo. Comencé a suspirar… su lengua inquieta no paró hasta que descubrió mi clítoris que lamió, succionó y con ternura lo contuvo entre los dientes. Le tomé la cabeza con las manos apretándola contra mi vulva. Gemí cuando el orgasmo se desencadenó convulsionándome. Entonces subió por mi vientre lentamente y de nuevo me besó apasionadamente la boca.

En justa correspondencia, su sexo respondió rápido a las caricias y lo apretó contra mi mano. Cuando hube ubicado su clítoris, lo estimulé rápido, de arriba hacia abajo. Me detuve para penetrarla con dos dedos que se deslizaron con facilidad en su interior. Los roté dentro y comencé un mete y saca sensual. Gemía y ver su cara hizo que me sintiera de nuevo excitada. Acercamos nuestras vulvas, podíamos sentir el calor y los perfúmenes que emanaban. Una corriente eléctrica nos recorrió el cuerpo cuando nuestras vaginas se besaron. Comenzamos a movernos con rapidez, chocando clítoris con clítoris, transmitiéndonos intensas sensaciones. Ambas tuvimos el mismo orgasmo, al mismo tiempo mientras los jugos de una y otra se mezclaron en coctel de placer.
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Flor de puta mi amiga

Parecía una perdida de tiempo… Si, eso es… una total y completa perdida de tiempo. No estaba hecho para aquello. No debí dejarme convencer tan fácilmente por el cabrón de Paco.

Sabía de las andanzas de mi compañero de oficina, aunque en honor a la verdad, siempre pensé que faroleaba más de la cuenta…. Vamos que se comía una y contaba veinte, como en el parchís. Pero parecía que mis impresiones eran equivocadas, a juzgar por la familiaridad con la que se desenvolvía en aquél tugurio el muy golfo. Más de una chica le llamó directamente por su nombre…. Bueno, en realidad le llamaban “Paquito”, supongo que por su baja estatura, o por su cara jovial, a pesar de que rondaba la cuarentena larga. Parecía el típico españolito de los 60-70, bajito, regordete y mujeriego…. ¡Coño! si hasta se traía un aire a Fernando Esteso.

Yo por mi parte me llamo Juan, soy algo más delgado que Paco, aunque ya no mucho, los años y el matrimonio me han engordado más de la cuenta. No soy ni alto, ni bajo. Ni guapo, ni feo y como dice Sabina ni más larga ni corta que cualquiera. También cuarentón, estoy en pleno proceso de divorcio, bueno, en realidad lo estaba en ese momento, ahora ya es definitivo. Además os contaré un pequeño secreto que jamás confesaría a mis amigos o familiares: Fue ella quien me dejó…. Decía que ya no se divertida conmigo y que estaba cansada de la rutina….Sin comentarios…. Bueno solo uno: ¡Que le den por culo, que lo tiene bien grande!…. Total que allí estaba yo, que jamás se me había pasado por la cabeza irme de putas, en aquel lugar, con el compañero de oficina que más detestaba ( y son unos cuantos) mirando el género, apoyado en la barra, con un gin-tonic en la diestra (el quinto o sexto, no sé) un cigarro en la zurda y una cara de panoli que tiraba de espaldas. El porqué estaba yo allí en realidad, es un misterio hasta para mí. Supongo que el hecho de que mi mujer me hubiera dicho esa mañana que había conocido a alguien influyó algo, claro. Luego los deseos de venganza y el hijoputa de Paco hicieron el resto.

El lugar era más o menos como uno se imagina que son esos sitios…. Bueno, algo más cutre. Poca luz blanca, mucha de colorines, espejos, barra de striptease, putas…vamos, lo normal. Había algunos grupos de hombres en algunas mesas y algún que otro tipo solitario en la barra del bar. Las golfas iban y venían de un grupo a otro intentado convencer a algún cliente para que subiera a las habitaciones. Y poco más.

El caso es que allí estaba, y aunque no estaba nada convencido de lo que iba a hacer, me temía que no podía escapar. Habíamos venido en el coche de Paco y estábamos a unos 30 kilómetros de mi cuidad… En realidad aquello estaba perdido de la civilización, metido en medio de huertos y caminos rurales, a unos cuantos kilómetros de la salida de autovía en que nos desviamos.

“Tranquilo tío, que vas conmigo” me había dicho el muy cabrón, pero a la que me di cuenta, salió detrás de una pedazo de negra, que le sacaba dos palmos y que tenia las tetas del tamaño de dos sandias que se salían literalmente del sujetador blanco que llevaba por única prenda superior, dejando ver, o entrever, unos enormes y oscuros pezones. Trate de seguirle con la vista, esperando que la cosa no fuera a mayores y volviera conmigo, pero que va, el capullo me dejo tirado y desapareció escaleras arriba con la mulata bien agarrada por la cintura.

Y ahí estaba yo, solito, bebido y triste… y aunque en ese momento no lo sabía, o no quería saberlo, mi tristeza estaba producida más por mi patética situación que por que mi mujer quisiera divorciarse, que mirándolo bien, era lo mejor para los dos. El caso es que, influenciado obviamente, por las copas de más que llevaba encima, empecé a llorar como un patético borracho de mierda…. Y aunque la pequeña parte que de mi cerebro que quedaba lúcida estaba totalmente horrorizada por el espectáculo tan lamentable que estaba dando, no pudo controlar al resto que estaba totalmente ido. Y ahí seguí un rato, compadeciéndome a mi mismo, hasta que se pasó el bache y pude levantar la vista de la barra y comprobar que la gente me miraba de reojo… bueno, lo de reojo es un decir, porque algunos se estaban descojonando de risa a mi costa. Las fulanas, que incomprensiblemente (o sabiamente) no me habían perturbado en esos delicados momentos, empezaban a mirarme, dedicándome sonrisas entre pícaras y misericordiosas. Y yo, que no sabía muy bien lo que hacer, hice lo único medianamente sensato que podía hacer… ir a mear. Por lo menos así podría despejarme la cabeza sin sentir los ojos de la gente mirando.

Pensar pude pensar, pero no despejarme la cabeza. El olor a mierda, orín, sexo y putrefacción era intenso, más que olerlo, se masticaba. La puerta del baño estaba marcada por aquellos que querían dejar huella de su paso en tan honorable lugar. Y el espejo estaba rajado por la mitad, haciendo que el reflejo de mi imagen fuera doble… de ridícula.

Pero el caso es que ahí estaba, y allí debía quedarme. Por lo menos hasta que Paco terminara con la morena. Así que me recompuse lo mejor que pude, me lavé la cara y salí de nuevo hacía la barra. Dispuesto no sé muy bien a que, pero tratando de mantener la poca dignidad que aun me quedaba.

Entonces apareció ella, o mejor dicho, entonces la vi, porque supongo que había estado por allí todo el rato, o arriba. El caso es que me senté a su lado en la barra. No sonaron violines, ni oí campanillas ni nada de eso, en realidad su apariencia no era nada del otro mundo si la comparabas con alguna de las mujeres que por allí estaban. Pero por alguna razón, me gustó. Tal vez el motivo fuera que no me miraba ni con picardía, ni con pena, sino con una especie de gesto que decía: (y quizás fueran imaginaciones mías) “te comprendo, la vida es una puta mierda y nosotros estamos justo en medio”. La cuestión es que empezamos a charlar y bueno…. En aquel lugar y dedicándose a lo que se dedicaba, pues terminamos en una habitación cutre, con sabanas desechables en la cama y condones en la mesilla de noche.

Me gustaría contar que fue una experiencia increíble, o como dice el gilipollas ese “una experiencia religiosa”, y que nos enamoramos y que la saqué de allí… y todas esas chorradas que se cuentan en los relatos, pero la verdad es que no fue así, y después de aquella noche no volví por allí, ni tampoco la he vuelto a ver. Y si cuento todo esto es simplemente por que de vez en cuando me viene a la memoria la cara de la chica, sus ojos, verdes, brillantes e inteligentes, y la maldita sensación de que aquella puta de club nocturno me comprendía mejor que toda la gente que me conoce de siempre y a la que supuestamente importo algo. Y que de alguna manera, como dice la canción de Amaral, ambos estamos solos en medio de un montón de gente.

Así que ella, que supongo sabría o intuía que yo necesitaba evadirme del mundo, decidió tomar toda la iniciativa y sin más preámbulos me hizo sentar en la cama y se arrodillo delante de mí. Mientras desabrochaba mi correa y mis pantalones me miraba a la cara, con aquellos ojos, sin decir nada… en realidad había muy poco que decir… y acto seguido acerco su rostro sobre mi entrepierna y comenzó a chuparme la polla. Tardo un poco en endurecerla, el alcohol hace estragos a mi edad, pero luego mi miembro respondió poniéndose tieso y duro como una vara. Ella que tenía el pelo castaño claro y la tez pálida propia de la gente del norte de Europa (Rusa o quizás Polaca o que sé yo) se alejo de mi polla para desprenderse del sujetador que llevaba, dejando a mi vista dos pequeños y blancos pechos coronados por dos aureolas acordes al tamaño de la teta y que apenas se distinguían del resto de la piel por una pequeña tonalidad marrón muy, muy clarita. Luego volvió a lamer y chupar mi pene, acompañando esta vez a su boca con la mano que me masturbaba rítmicamente, mientras yo me desprendía de la camisa.

Una vez libre de la camisa, toqué con mis manos por primera vez a la chica, puse mis manos sobre su cabeza, para acompañar los movimientos que hacia sobre mi polla… Así estuvimos un buen rato, hasta que ya mi cuerpo comenzaba a reaccionar y comenzó a subirme por el vientre ese cosquilleo previo a la eyaculación. Traté de separarla de mí para evitar correrme pero ella no quiso y siguió mamando hasta que ya no pude más y soltando un gemido llené su boca y sus labios de semen. Y la verdad, pensé que eso sería todo, pero la chica, no paró de masturbarme y chuparme la polla y consiguió ponerla en funcionamiento otra vez en un tiempo increíblemente rápido para mí.

Después de eso, se levanto, se limpio los labios con un pañuelo de papel y se quitó la minúscula falda y el tanga… tenía el sexo depilado. Su cuerpo no era voluptuoso pero si proporcionado, femenino, sensual. Su cuello era largo y fino y sus caderas se estrechaban de forma increíble dejando paso luego a un perfecto y respingón culo.

Calculo que tendría unos veintipocos años, o eso aparentaba su cuerpo. Sus ojos en cambio parecían mayores, más maduros, más vividos quizás. Todo su rostro en realidad me parecía tener una enorme capacidad de comprensión a pesar de su evidente juventud. Sus manos en cambio parecían los de una adolescente, pequeñas palmas y largos y finos dedos. Toda su piel era suave y lisa y no se le veían manchas ni lunares, tampoco estaba tatuada, y esa pureza me gustó. Se echó sobre la cama y yo me puse entre sus piernas de rodillas e inclinándome un poco, alcancé sus pechos con mi boca, comenzando a lamer aquel pequeño pezón que no sé si por excitación o por frío estaba ya duro como una piedra. Al poco, mi polla rozo involuntariamente su coño haciendo que mi polla endureciera más aun. Y ya no hubo más preámbulos. Comencé a follarla. Ella rodeo mi cuerpo con sus piernas y puso una mano en mi hombro y otra sobre mi cadera y así follamos mirándonos a la cara, a los ojos. Sin hablar, sin decir guarradas ni estupideces, tan sólo sintiéndonos el uno al otro. Tan sólo algún pequeño gemido o respiración entrecortada cortaban el silencio entre los dos.

Cada vez más rápida y frenéticamente seguí bombeando con ahínco casi juvenil a la chica, que ya comenzaba a arquear su cuerpo y acelerar la respiración, sintiendo seguramente un orgasmo. Sensación que hizo que mi excitación aumentara de forma insoportable, no pudiendo contenerme más y explotando en una corrida intensa y profunda.

Eso fue todo. Después de eso, caí exhausto en la cama durante unos minutos. Tiempo que ella aprovechó para limpiarse y vestirse. Luego se disponía a irse cuando a punto de salir de la habitación se volvió hacia mí, me miró por ultima vez y musitó un: “Hasta luego” y desapareció tras la puerta, sin darme casi ni tiempo a decirle un “Adiós” que creo que no pudo oír y que quedó flotando por la estancia.

Y es esa última mirada, la que me viene aún hoy después de tantos meses a la mente. Esos ojos, resignados a su suerte, que parecían comprender lo triste, solo y jodídamente desesperado que puede llegar a estar alguien como yo… y como ella.

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Follando en el baño

El día del cumpleaños acabó, y llegó nuevamente el lunes con su rutina pegada a la espalda. Joan y Lucía intercambiaban miradas cómplices en clase, mientras el profesor hablaba de algún escritor que el tiempo se habrá encargado de hacer olvidar.

Pero sonó el timbre que marcaba el fin de la clase. Un suspiro de alivio generalizado invadió a los alumnos que, liberados de la charla eterna del profesor, dejaron caer los libros y buscaron al compañero para hablar de lo que realmente les importaba.

Sin embargo, tanto Ángela como Joan sólo encontraron una silla vacía.

Niña Lucía ya no estaba.

I. En el tiempo de un recreo. PX

Joan salió, confuso, de la clase. Hacía sólo cinco segundos, Niña Lucía estaba allí sentada, junto a Ángela, y ahora se había esfumado. Comenzó a avanzar por el pasillo esperando encontrar a su chica, pero al pasar por delante de los baños de chicos, la puerta se abrió y una mano lo estiró hacia dentro.

El beso lo tomó por sorpresa. Pero reconoció al momento el tacto de esos labios y respondió con labios y lengua. Al separarse, se encontró con la brillante mirada verde de Niña Lucía mientras la muchacha sonreía.

Lo empujó hacia uno de los cubículos de los inodoros y, entrando tras él, se giró para cerrar la puerta con pestillo.

“Tenemos muy poco tiempo…”- le ronqueó la voz de excitación a Niña Lucía, un segundo, sólo un segundo antes de lanzarse a quitarle la camiseta a Joan.

El joven reaccionó desabrochando la falda vaquera de Niña Lucía, que llegaba poco más arriba de las rodillas, el decoro del colegio así lo exigía. Voló la camiseta que acabó sobre la tapa del váter, cayó en vuelo leve la faldilla. La camiseta de Lucía y el pantalón de Joan no tardaron en seguirle el camino a sus semejantes.

El diminuto cubículo era un vendaval donde empezaban a olerse el sudor y la excitación. Niña Lucía se agachó y bajó hasta las rodillas los slips de Joan. La verga, confusa y morcillona, no se decidía a empalmarse del todo. Niña Lucía, arrodillada, sólo sonrió.

Se metió el colgante badajo en la boca, y unos leves juegos con la lengua le bastaron para que la polla de Joan respondiera y empezara a endurecerse.

“Vaya… cinco minutos de recreo y ya estás duro… tal vez sí que nos dé tiempo…”- musitó Niña Lucía, mirando el reloj de pulsera de Joan y empujando a su chico hasta que acabó sentado sobre su camiseta, encima del inodoro.

Niña Lucía se adelantó, poniendo una pierna a cada lado de Joan, mientras la verga erecta de éste no decaía a causa del excitante paisaje que se ofrecía ante ella. Vistos desde abajo, los ojos de Niña Lucía eran aún más hermosos, más grandes y verdes parecían.

La pequeña rubia se apartó a un lado las braguitas y descendió, dirigiendo la polla de Joan hacia su sexo. ¿Qué se podía hacer en los baños de un instituto en el tiempo que dura un recreo? Claro… eso.

La humedad del coño de Lucía abrazó la verga joven de Joan. Suspiró ella y suspiró él. Se besaron con pasión, casi visceralmente mientras Lucía comenzaba el movimiento de sus caderas sobre Joan.

Las lenguas se mojaron mutuamente. Se le escapó a Lucía el primer gemido. Oyeron abrirse la puerta de los baños, no importaba, siguieron el movimiento, tratando de ser silenciosos. Con el pie, Niña Lucía levantó del suelo su falda para que no la pudieran ver y la colgó luego del pestillo.

“¡Hostia, nano! ¿Viste ayer lo de “Smackdown”? ¡Qué grande el Batista, nano! ¡Invencible!”

Mientras los chavales hablaban de lucha libre, otra lucha, menos libre por la premura del tiempo, pero siempre más placentera, tenía lugar a escasos metros de ellos, en uno de los cubículos del baño.

“¿Te pone esto, cabronazo?”- la voz de Lucía era un murmullo de excitación desgarrado, lo suficientemente baja para que sólo la escuchara Joan, cuya oreja era devorada por los labios de Lucía en lascivos lengüetazos.- “¿Te pone? Porque a mí me pone, y mucho, cabrón… me pone… hah…”

Los gemidos se sucedían y Lucía los apagaba en el cuello de Joan. La puerta se abrió nuevamente y las voces extrañas se perdieron. Los movimientos de caderas se hicieron entonces más rápidos y violentos. El coño de Lucía deslizaba sobre casi toda la verga de Joan antes de volver a juntar pelvis.

“Córrete, cabrón… córrete…”- ronqueaba la joven.

Joan, que tras casi quince minutos de intenso movimiento se veía sobre el filo de la placentera navaja, no pudo evitar obedecer a su chica.

Sonó el timbre, se corrió Joan, gritó Lucía, todo en el mismo momento.

“Joder, Luci… he… he de…”- balbució Joan, tras su orgasmo.

“No digas nada. Vamos a clase.”

Se vistieron a la carrera, Joan salió primero y cuando ya no quedaba nadie en el pasillo, tocó a la puerta del baño. Salió entonces Niña Lucía, con la sonrisa pícara y satisfecha del amor bien hecho y los dos juntos volvieron a clase. Nunca se arrepentirían de haber llegado tarde a francés.

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