Un sueño erotico

Antes de nada quisiera presentarme, mi nombre es Laura, tengo 41 años y trabajo como costurera en casa.

Quedé viuda hace dos años. Mi marido, Pedro, murió en un desafortunado accidente de coche cuando volvía de una reunión de trabajo en la ciudad..

Añoro la ciudad…pero mi sitio está aquí, entre sus recuerdos, en su pueblo. Aquí la vida es muy tranquila… a veces parece que se detiene y pienso que vivo en el limbo desde que Pedro murió.

Cómo veis me siento muy sola… tanto que mi único desahogo es ir a la iglesia, donde he encontrado a un amigo y confesor; el Padre Tobías.

Esta mañana me he despertado muy intranquila…he hecho las tareas de casa y antes de ir a comprar he pensado pasarme por la iglesia y allí contarle al Padre Tobías que es lo que me sucede.

Buenos días Padre.

Hola Laura. ¿Cómo estás hoy?

Muy intranquila Padre, me gustaría hablar si no estás muy atareado.

Claro que no hija, cuéntame.

Padre…si no le importa, me gustaría contarle pero en confesión, me sería más fácil.

Por supuesto, vamos.

Ya en el confesionario…

Verá Padre, desde hace unas semanas tengo unos sueños muy extraños y muy intensos, que durante el día no me dejan pensar con claridad.

Ya sabe que cuando murió mi marido nunca pensé, ni lo he pensado, en estar con otros hombres….pero estos sueños me hacen pensar que mis necesidades carnales son más grandes que el amor que aun profeso a mi querido marido.

Como ejemplo le contaré el sueño que tuve anoche…aunque me da mucha vergüenza…pero necesito sacarlo.

No te preocupes, puedes contarme cualquier cosa, hija.

Está bien, me encuentro en el mercado, debe ser muy temprano porque apenas hay nadie y algunos puestos están cerrados. Me dirijo a la carnicería, donde Luís, y me alegro de ver que el puesto está abierto, pero no hay nadie en el mostrador. Entro en busca de Luís y lo sorprendo sentado de espaldas a mi, con la cabeza inclinada hacia arriba y emitiendo unos sonidos que erizaban cada fibra de mi ser. Pienso en salir y hacer como si no hubiera visto nada…pero descubro para mi sorpresa que estoy mojada hasta los huesos; permanezco un rato allí de pie observando, escuchando, excitándome cada vez más. Hasta que casi sin darme cuenta desabrocho los cuatro botones de mis vaqueros y mis dedos se deslizan placenteramente por mi coñito, acariciándolo, sintiendo su tanto suave y resbaladizo.

Pero yo deseo más, estoy supercachondísima, más que en toda mi vida… mis pasos se dirigen hacia Luís que sigue sentado, masturbándose, No lleva puesto los pantalones y tiene los ojos cerrados…se le ve tan hermoso. Yo no soy yo, sólo soy deseo, sensaciones, fuego…me estoy quemando! Me desnudo y Luís abre los ojos, parece no estar sorprendido de verme allí. Me siento a horcajadas en la silla, sobre él y le beso. Le beso como quien respira después de haber estado sumergido bajo agua un rato…como si me fuera la vida en ello. Y su lengua responde a la mía con la misma intensidad. Mis dedos acarician su rostro, su cuello, mis manos recorren sus hombros. Siento su polla en la piel y me abrasa, sus dedos no sé donde estaban antes pero ahora están hundidos en mi, Creo que grito y el me vuelve a besar, es ahora su polla la que se hunde en mi y yo me vuelvo loca, Me levanto para arrodillarme ante él, le miro y paso mi lengua por todo su falo, sabe a mi, sabe a él…nada podría saber mejor. Mis lamidas van incrementando hasta que me la introduzco en la boca casi por completo y se la chupo con avidez, sus gemidos me anuncian que de un momento a otro va a explotar pero yo sigo y finalmente su leche inunda toda mi boca.

Otras veces sueño que unos desconocidos entran a mi casa y me hacen suya con violencia…pero yo lo disfruto, lo disfruto tanto que siento que me corro que me muero, pero no muero, simplemente despierto con una sensación horrible en el cuerpo, me despierto frustrada.

Qué me sucede Padre Tobías?

Hija mía…no sé que decirte, lo tuyo no se arregla rezando dos padres nuestros me temo.

Pero Padre…aconséjeme algo, estoy muy confusa e intranquila.

Pasa a la sacristía y espérame allí, yo voy a hablar con el sacristán y el monaguillo.

Y eso hice, esperé unos diez minutos al Padre Tobías en la Sacristía, nerviosa y avergonzada por lo que acababa de contarle.

Pero no me arrepiento, cuando salí de la iglesia estaba refollada. Sí, me reventaron entre todos.

Ya no tengo esos sueños, mi vida en el limbo es mucho más placentera y cada día voy a misa como si cumpliera penitencia.

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